CATARATAS IGUAZÚ
Una leyenda guaraní cuenta que las Cataratas del Iguazú nacieron cuando el Dios del bosque se enteró que la muchacha con la que planeaba comprometerse había huido en una canoa junto a un joven guerrero. En un intento por detener la fuga de los amantes y dominado por una ira incontenible, el Dios hizo que el lecho del río se derrumbara, lo que produjo una gran catarata que arrastró el cuerpo de la muchacha. El guerrero sobrevivió, pero sus pies echaron raíces y su cuerpo se transformó en un árbol que observa desde aquel día la eterna caída de la joven. Según la misma leyenda, ambos permanecerán así hasta el desenlace de los tiempos y la historia...
Apenas entré al Parque Nacional Iguazú mis oídos comenzaron a naufragar entre las melodías que provocan las aguas de las vertientes al chocar contra las rocas. Melodías que eran, sin lugar a dudas, una premonición de la inmensidad que más tarde iba a contemplar. Sin embargo, preferí extender ese momento previo colmado de expectativas y en lugar de dirigirme directamente a presenciar las caídas de agua, me dediqué sin prisa ni apuro a recorrer el museo y a charlar con los guardaparques sobre distintas cuestiones. Así me enteré que el Parque Nacional Iguazú es uno de los tesoros ecológicos más importantes del mundo, que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y que la biodiversidad de especies que habitan sus 55.000 hectáreas lo convierten en un lugar único en América del Sur.
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También me dijeron que en las Cataratas hay entre 160 y 270 caídas de agua que varían según el caudal del río y alcanzan un frente de casi tres kilómetros y una altura aproximada de setenta metros. De todos los saltos, el más destacado es el llamado Garganta del Diablo, que agrupa varias caídas en un semicírculo de 200 metros de ancho y 90 de alto. Su nombre se debe al halo de misterio que producen el ruido de sus aguas y el vapor que generan al caer. Llegar hasta este sitio sólo es posible mediante el uso de una lancha, ya que los pasadizos que antes conducían hasta la Garganta se destruyeron a causa de diferentes inundaciones.
Los mismos guardaparques me recomendaron recorrer los senderos y los miradores lo antes posible para evitar que el aluvión de turistas que llega al lugar hacia el mediodía rompa el efecto majestuoso que brinda la naturaleza. Les hice caso y la primera impresión fue espectacular. Si bien había visto esa imagen en miles de fotografías, el hecho de tenerla ante mí, en vivo y en directo, fue como escuchar al planeta gritar en mil idiomas mezclados con rocas y agua, con cantos de pájaros y selvas. Caminé durante horas por los rústicos y zigzagueantes senderos. Me detuve ratos interminables en cada uno de los miradores. Liberé a mi cuerpo y dejé volar mis pensamientos. Y así, finalmente, comprendí que el planeta estaba gritando que está vivo, y pensé que aquel castigo impuesto al joven guerrero de la leyenda no era más que un premio para su audacia desafiante.
Fuente: Diego Carnio - www.almundo.com